


EX – LIBRIS
Un llibre és una destral
una causa oberta un fuet d’espígol
una foguera un anatema un rastell una rauxa
un ullal de finestres capgirant l’ordre establert pels cínics
aquell cop de ràbia o de conciencia
amb que algú que vol un poc més digna la vida
sanglota damunt la taula en posar-s’hi cada dia o cada nit
a escoltar o a proclamar la fulgència del sol o de la mort.
Un llibre és un infern
un rostre d’home un rastre dels sentits
un paradís perdut una rosa dels vents
un llampec al bell mig de la tempesta dels cors i dels ultratges
un escandall de corals i carboncles ben estranys i nemorosos
un farcell d’estralls o de diamants o d’heretgies
enmig de la més profunda i irreductible de les devastacions.
Un llibre és un raig
un doll de cadenes i cendres un estigma una gangrena
un senyal de foc esculpit entre la carn i el terror dels mots
aquell glop de verí o de mixtura que algú,
indòmit o ingenu, es pren durant hores receloses
per fer de la paraula el ceptre més sagrat damunt de la terra.
EX-LIBRIS
Un libro es un hacha
una causa abierta un látigo de espliegol
una hoguera un anatema un rastrillo un arrebato
una ojeada de ventanas equivocando el orden establecido por los cínicos
aquel golpe de rabia o de consciencia
con el que alguien que quiera un poco más digna la vida
solloza encima de la mesa al ponerse cada día o cada noche
a escuchar o a proclamar la fulgencia del sol o de la muerte.
Un libro es un infierno
un rostro de hombre un rastro de los sentidos
un paraíso perdido una rosa de los vientos
un relámpago justo en medio de la tempestad de los corazones y los ultrages
un escándalo de corales y rubíes bien extraños y nemorosos
un hatillo de estragos o de diamantes o de heregías
en medio de la más profunda e irreductible de las devastaciones.
Un libro es un rayo
un raudal de cadenas y cenizas un estigma una gangrena
una señal de fuego esculpido entre la carne y el terror de las palabras
aquell trago de veneno o de mixtura que alguien,
indómito o ingenuo, toma durante horas recelosas
para hacer de la palabra el cetro más sagrado encima de la tierra.
Como de costumbre, encendió su ordenador y se sirvió un café. Detestaba la tiránica decisión de su PC, o de los ingenieros de sistemas o de la realidad, de hacerle esperar sin dejarle derecho al pataleo.
Cuando escuchó el arpegio de apertura del programa se acercó, movió el cursor sobre el icono que mostraba el pequeño teléfono amarillo y pulsó dos veces el botón izquierdo del mouse. Luego volvió a la cocina, esta vez con la excusa de espiar en la nevera para confirmar que allí no había nada tentador, aunque en realidad lo hizo para evitar que su máquina le viera ansioso e impotente esperando la apertura de su conexión con Internet.
Roberto tenía con su ordenador ese vínculo odioso que compartimos los cibernautas. Como todos, él sobrevivía con más o menos dificultad –según los días- a esa relación ambivalente que se tiene con aquellos que amamos cuando nos damos cuenta de que dependemos de sus deseos, de su buena voluntad o de alguno de sus caprichos.
Pero hoy el PC estaba en uno de sus días buenos. Había cargado los programas de distribución con velocidad y sin ruidos extraños y, lo más agradable, ninguna advertencia rutinaria había aparecido en la pantalla.
La ideología de la sociedad de la información que están construyendo, para nosotros, estos nuevos emperadores es una ideología superficial, vacua, tan vacía como los productos de consumo rápido que proliferan en el mercado. Ni siquiera se molestan en dotarla de contenido, ya lo hacen por ellos las docenas de gladiadores que están a su servicio: los medios de comunicación, los gurús del Sistema, los políticos e incluso muchos ciudadanos fascinados por la nueva doctrina. ¿De verdad es posible creer que la tecnología, por su mero uso, disminuirá la desigualdad y la pobreza? ¿De verdad creen los nuevos ideólogos del régimen que por instalar unos cuantos miles de cable se hace más justicia en el planeta? La tecnología tiene un poder maravilloso, pero cualquiera puede emplearla, y no tiene por qué ser alguien maravilloso. La ceguera que nos asalta en tiempos como éstos, en los que hay más información y luz que nunca, demuestra que no basta con iluminar algo para verlo: hay que querer abrir los ojos.
Me piden que le de forma de artículo a un texto que escribí hace unos meses al calor de unos sentimientos de rabia contenida surgidos después de examinarme de una oposición a Técnico de Gestión del Patrimonio Cultural del Ayuntamiento de Valencia, y no sé cómo hacerlo. Sé que nadie me va a matar si no retoco el texto, o si no lo envío, al fin y al cabo la grandeza de los weblogs reside en su carácter voluntario y desinteresado, pero un cierto compromiso adquirido con una simpática mujercita me está dando más quebraderos de cabeza de los inicialmente pensados y me veo abocado a resumir mi idea original de la siguiente manera:
¿Porqué se convocan oposiciones cuyas plazas están dadas de antemano y en el caso del Ayuntamiento de Valencia para ello se plantea un primer ejercicio tipo test cuya superación solo hubiese sido posible de conseguir por una persona que hubiese conocido las respuestas de antemano?
Os podría facilitar el texto que escribí y que dio origen a esta idea, de hecho os lo puedo mandar de forma impersonal si os interesa, aunque preferiría no hacerlo para ver hasta que punto mis ideas son o no compartidas y para no condicionar el debate que pretendo que se abra a partir de ahora tras haber expuesto mi pregunta y haber cumplido con mi compromiso de escribir un ¿artículo?.
En el tiempo que siguió hubo unas sacudidas insólitas de la tierra y cataclismos. En el transcurso de un solo día aciago, vuestro ejército entero fue tragado por la tierra, y la isla de la Atlántida desapareció completamente tragada por el mar. Por eso, todavía hoy, este océano es impracticable y no está explorado, pues lo impide el lodo que, a muy poco profundidad, dejó la isla al hundirse.
Emile Zola. La taberna, 1877.