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El público falta o porque no conoce la existencia de la biblioteca o porque desconoce su contenido. En uno y otro caso hay que atraerle; […] Se dirá que la biblioteca no está al día, que no llena las necesidades del lector, que el lote enviado al pueblo, a la aldea, la biblioteca circulante, no basta, que es reducido y esto será cierto. Pero la reiterada petición por parte del público crearía situaciones urgentes, pediría soluciones ineludibles y la biblioteca surgiría como necesario órgano de una función cotidiana.
El primer momento fue, sí, el de la creación de las bibliotecas; el segundo, el de la atracción del lector. Pero el tercera es el de este interrogante que impresiona y casi asusta: ¿Cómo es posible que no se necesite la biblioteca? ¿Acaso el mundo que estamos viviendo no exige una amplísima información? Información para el oficio, la carrera, el despacho, la clínica, el taller, la clase docente, para toda actividad profesional, en fin, pero sin formación también para todo lo que nos rodea… De aquí la necesidad de la documentación, si empleamos una palabra ya del dominio internacional, pues cuántos no dicen y con razón que “antes de comenzar tal o cual trabajo hay que documentarse” o información, si usamos otra equivalente y tan expresiva como aquella.
Información o documentación tienen su medio, su vehículo, su expresión en las bibliotecas, y éstas son la puerta por la que hay que entrar para cualquier género de actividad. Ante este nuevo momento parecerá tal vez incomprensible que aún estemos en el de la atracción del lector, del público, cuando es éste el que debería llamar a las puertas de la biblioteca pidiendo y aun exigiendo, en cuanto ciudadano, que aquélla le resolviera todas o la mayor parte al menos, de sus necesidades intelectuales, técnicas, profesionales.
Las preguntas parecen las mismas, las respuestas también, avanzamos poco a poco, los cambios, sin duda en los medios.
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