Siguiendo los pasos domingueros de mi compinche, me encontré mirando el suplemento del domingo por el final, pertenecí siempre a ese club, sólo que yo encuentro una gran alegría no sólo cuando leo a Maitena sino también a Rosa Montero.
Dormir con el enemigo es el título del artículo publicado por la escritora este pasado domingo, en él habla de las relaciones amorosas tormentosas que a veces nos empeñamos en vivir los seres humanos, llegando incluso a la adicción en el sufrimiento de la relación. Concretamente la del escritor Eugene O’Neill y su tercera mujer Carlotta Monterrey. El escritor en medio del infierno de su amor era capaz de sentir cosas como las que dicta este párrafo:
Amante, te deseo, eres mi pasión, la borrachera de mi vida, mi éxtasis, el vino de mi alegría. Esposa, eres mi amor, y mi felicidad, y la palabra que está tras mi palabra, y la mitad de mi corazón. Madre, tú eres mi reencuentro después de haberme perdido, eres mi final y mi principio.
Esta historia no nos es ajena, el mundo está lleno de historias parecidas, Eugene y Carlotta, Diego Rivera y Frida Khalo, Henry Miller y Anais Nin, Picasso y sus mujeres, la propia Gala con Dalí, Juan Ramón Jiménez y Zenobria Camprubí… por citar algunas que pertenecen a la historia literaria y artística de sus protagonistas difundida en sus palabras o pinturas, expresiones artísticas del alma que los hizo grandes y villanos a la vez. En la vida real cada uno puede estar pensando ahora mismo en una, quizá la propia ¿quién lo sabe? diría otro sabio.
Rosa Montero acaba con una reflexión: lástima que en la vida real las historias de amor no se detengan cuando comes perdices.
Es cierto, una verdadera lástima.
Dormir con el enemigo es el título del artículo publicado por la escritora este pasado domingo, en él habla de las relaciones amorosas tormentosas que a veces nos empeñamos en vivir los seres humanos, llegando incluso a la adicción en el sufrimiento de la relación. Concretamente la del escritor Eugene O’Neill y su tercera mujer Carlotta Monterrey. El escritor en medio del infierno de su amor era capaz de sentir cosas como las que dicta este párrafo:
Amante, te deseo, eres mi pasión, la borrachera de mi vida, mi éxtasis, el vino de mi alegría. Esposa, eres mi amor, y mi felicidad, y la palabra que está tras mi palabra, y la mitad de mi corazón. Madre, tú eres mi reencuentro después de haberme perdido, eres mi final y mi principio.
Esta historia no nos es ajena, el mundo está lleno de historias parecidas, Eugene y Carlotta, Diego Rivera y Frida Khalo, Henry Miller y Anais Nin, Picasso y sus mujeres, la propia Gala con Dalí, Juan Ramón Jiménez y Zenobria Camprubí… por citar algunas que pertenecen a la historia literaria y artística de sus protagonistas difundida en sus palabras o pinturas, expresiones artísticas del alma que los hizo grandes y villanos a la vez. En la vida real cada uno puede estar pensando ahora mismo en una, quizá la propia ¿quién lo sabe? diría otro sabio.
Rosa Montero acaba con una reflexión: lástima que en la vida real las historias de amor no se detengan cuando comes perdices.
Es cierto, una verdadera lástima.
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